lunes, 28 de enero de 2013

¡LEVÁNTATE Y RESPLANDECE!

Tenía alrededor de dieciséis años cuando, en un terreno abandonado junto a su escuela, fue violada. Era una muchacha que amaba a Dios, una estudiante brillante y destacada con un futuro muy prometedor. La apreciaban sus compañeros, amigos y maestros, ¡y le sucedía eso!
Alguien la refirió conmigo y cada quince días temamos sesiones de terapia, con la intención de que pudiera sobrellevar ese episodio tan amargo y eliminar poco a poco las secuelas traumáticas que quedan cuando una mujer vive una experiencia tan aterradora. Aunque han pasado algunos años, puedo recordar con bastante nitidez los rasgos del rostro de la muchacha, la forma en que colocaba sus manos sobre su regazo, y la expresión de sus ojos cuando me miraba para escuchar lo que yo le decía. Toda ella irradiaba paz. Pero lo que realmente nunca olvidaré es el ejemplo de entereza, confianza en Dios y fortaleza de aquella mujer, casi una niña, que se veía frágil física y emocionalmente.
La fuerza que emanaba de su interior me hizo reconocer que espiritualmente era una «guerrera». Durante los meses que duró la terapia, aprendí grandes lecciones; creo que ella fue un instrumento de Dios para cambiarme a mí. Su fe en Dios permanecía intacta. El odio natural que debería haber sentido hacia su agresor fue sustituido por compasión y perdón, y estaba segura de que su pureza se mantenía intacta, porque Dios lo había hecho posible en la cruz.
Años después supe que estudiaba una carrera universitaria con mucho éxito, e imagino que ahora debe de ser una profesional realizada. Nunca odió a los hombres, por lo que creo que a lo mejor tiene un matrimonio feliz. ¡Fue capaz de levantarse y resplandecer!
Cuando estamos en el suelo, con nuestro mundo hecho añicos a nuestros pies, dobladas de dolor, enceguecidas por la desesperación, muchas veces no logramos ver la mano de Dios que se extiende solícita y dispuesta a sostenernos y levantarnos. La resurrección del Salvador del mundo debe hacernos recordar que para él no hay imposibles, y que podemos levantarnos de nuestra postración física, emocional o espiritual, si lo miramos y confiamos en su poder restaurador.
Si ahora lloras debido a una pérdida, escucha la voz de Dios que te dice: «¡Levántate y resplandece! Es posible si confías en mi».

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